martes

EL LABERINTO DE LA MEMORIA (Antología) VII

Qué más da si es infinito el universo o termina donde empieza la esperanza. Seguimos buscando el espacio aún no hallado, necesitados de sus bondades, si las hubiera, no porque en sí signifiquen nada, porque nos vienen recubiertas de inéditos gestos, huérfanos y algún que otro ajeno e infiltrado orgasmo. Sabíamos que nuestra relación amorosa siempre estuvo asediada por el olvido, incluso por la renuncia (era nuestra particular forma de obviar a dios). No era malvivir, era el signo de nuestro tiempo. Siempre a caballo del tiempo y con la benevolencia del espacio, fenómenos que, como dios y la muerte, construíamos día a día ¿Perseverar es vivir entonces? ¿Hablar ahora de la naturaleza de nuestro amor? Como si no supiéramos que somos un eslabón, que el génesis no fue la fruta sino tus pechos que amamantan aun hoy, que aunque no exista la felicidad, construimos nuestro pensamiento desde ella. ¿Para qué la ontología si nosotros somos quien somos y basta de historia y de cuentos? ¿O tal vez es practicable una legitimación que se expone a desaparecer mientras una discronía general nace?. Como muchos amores que perviven todavía hoy y que lo son porque no subvirtieron y apenas fueron mucho en su día, así se prolongan en el tiempo, aletargados, sumisos y adocenados tantos recuerdos perdidos, que no olvidados. Y de nuevo, como casi siempre, de la mano del primer verso, llegó la penúltima primavera, como cuando el goce trituró la culpa y acechaba la nada.