jueves

EL LABERINTO DE LA MEMORIA (Antología) (XXIX)


Pletóricos y modestos, envueltos por el manto que nos ofreció Narciso, atomizamos la pasión. Fuimos tan frágiles sin apenas certezas íntimas, con tanta indiferencia y arrogancia nos vimos frente a las fuerzas del otro y sus referencias que casi no pudimos pasar del reconocimiento de nuestro cuerpo al deseo del semejante. Los días sucesivos, aquellos que llegaron sin nuestra anuencia, me adaptaron con el hábito y tú te fuiste llevándote mis deseos que quedaron como suspiros teñidos de azul intenso, perdidos en los senderos de la vida. ¿Decirte ahora que era un error tu deseo de formar parte de mi mundo, sin poderte demostrarte que mi mundo eras tú y poco más, que el mal es una sabana de seda que cubre nuestra piel pero nos delata y que en ocasiones nuestra verdad solo se propone justificar lo prohibido? No obstante mis alegorías del niño y el escondite, tu fragancia de incipiente hembra me arrastró al túnel de la noche y la mágica sal de tus nalgas y sus salmos fueron las sombras que sugerían tus leyes, condiciones, deseos, formas y atributos, tenues desde la despensa donde te guardas revuelta, “arcángel de la folia, testamentário dos desejos mais fácil”. Lo cierto es que a la progenie de vencidos, los que un día te poseímos, solo la exégesis del placer nos queda.

viernes

EL LABERINTO DE LA MEMORIA (Antología) (XXX)


Las apariencias propusieron que ambos fuéramos, mujer y hombre, por deseo del otro, aunque nunca renunciamos a ser cada cual espontáneo manantial que titubea convertirse en río o mar. Todo era posible en aquellos tiempos. Todavía es un misterio quien medió entre los dos. Pasó el tiempo, siguen los ribazos, pero el sol es difuso, casi azul de enamorado, desierto de odio y llanto y tu boca que se negó a seducirme, ahora gime y desespera por un sucedáneo mientras que a distancia y en paralelo tus pechos sobre los míos lloran. Mucho antes de ser tú un mito, mi palabra ya era un ritual que, contra todo pronóstico, buscaba la transparencia, un pilar recio donde tu primavera morase, sin más temporalidad que los puntos cardinales y el orden jerárquico de la referencia. De ahí que tus ojos me pierdan cada día y me ganen cada noche. Así fue cómo tu exactitud se abrazó a tu descaro, estableció su norma y emergieron las relaciones, mucho más allá de donde tu luz alcanza y tu templo adquiere el refugio. Memorable magisterio, tu cuerpo fue más que el placer que promueve la vida, y ésta sobrepasó la natural belleza de tus formas, deseadas y conseguidas por tantos. Fue suficiente cambiar el orden de tus pasiones y manipular la erupción para incorporar lo claro y lo confuso huyendo de lo incomprensible.