martes

RAFAEL ALBERTI Y EL RITMO

En abril de 1984 tuve la ocasión de organizar un recital de Rafael Alberti acompañado por el cuarteto de laúdes Grandio. Fue impactante. Aquel día descubrí profundidades y misterios en la poesía de Alberti que en reiteradas lecturas anteriores ni siquiera pude entrever. Desde entonces creo que el significado total de un verso o un poema no se entiende si no descubres el ritmo del poeta, el choque fónico de las palabras como partes de una misma música.
Mas allá del ritmo que la preceptiva clásica marca para el poema, parece evidente que hay poetas que su ritmo subjetivo tiene tal fuerza que son capaces de establecer pautas propias creando una administración personal de pausas, entonación y ritmo que los hacen casi únicos. Lo sorprendente de estos casos es que no obedece, el clima que algunos poetas-rapsodas consiguen crear, a algo estudiado y programado, sino, tal vez, a una inmersión profunda en el sentido último del poema, a la vez que un desanclaje absoluto del entorno. Sencillamente el poeta es el personaje que tiene la llave de entrada, de tal manera que el poeta se deja ir, en el sentido de la analítica existencial de Heidegger, al encuentro del misterio que aflora en unos versos, se monta sobre ellos y recita, llevado por el ritmo y la fonía de las palabras en un estado sentimental de pseudo éxtasis parecido a la catarsis. El ritmo y la musicalidad afloran y trascienden al texto, aunque lo significa y lo realza.
Pero lo más asombroso fue que, en amena charla después de cenar, cuando le leí su poema TAL VEZ, OH MAR, del libro POEMAS DE PUNTA DEL ESTE, me miró y me dijo: “Si no fuera porque lo recuerdo, hubiera dicho que era tuyo”.
Al parecer quiso decirme que un poema puede tener tantos autores como lectores se atrevan a leerlo y hacerlo suyo, transportándolo a su propio ritmo subjetivo y, sin querer quizá, trastocando el significado que inicialmente el poeta trato de darle. Un poema, como el mar común, siempre el mismo y diferente, a cada cual le suena distinto.

viernes

V.ANDRES ESTELLÉS.TITULAR UN POEMA

En el restaurante que hay en el antiguo Real Monasterio de Santa María de Aguas Vivas, que perteneció a la orden de los agustinos, en una cena literaria, compartí mesa y tertulia con Vicent Andrés Estellés. A partir de la segunda copa de vino hubo un tira y afloja entre los dos, yo insolentemente intentando hablar de poesía y Vicent de mujeres. Hacía poco que había leído su LLIBRE D´ALZIRA, un fragmento de su impresionante poemario MURAL DEL PAIS VALENCIÀ. Entonces, y también ahora, creo que la mayoría de sonetos y poemas que lo componen, lo son totalmente al margen de la ciudad (Alzira), a la que están dedicados, a pesar del esfuerzo de Jaume Pèrez Montaner en el prólogo, por demostrar lo contrario.
Al final de la cena, hacía un calor insoportable en el salón y conseguí llevarme a Andrés Estellés a uno de los patios porticados del monasterio. Sentados a la fresca, y copa en mano, no podía más y le solté a bocajarro:
-No creus que la major part dels títols que hi fiquem als poemas tenen ben poc a vore amb les idees i imatges que hi son al sí del poema?.
Vicent, con la socarronería y sensualidad que le caracterizaba me miró por un instante, me guiñó el ojo y me dijo:
-Passa com amb les dones. Què més dona el nom que tenen, lo important és què estan molt bones. Per cert, has vist el cul tan bonic que tè la Merxe?.
Al rato apareció Jesús Huguet que hacía de acompañante de Andrés Estellés y éste me dio un suave apretón de manos y me volvió a guiñar el ojo. Un poco cansado ( eran las 4 de la madrugada) se despidió:
-Un día d´estos seguim parlant de poesía. Bona nit, Pep.
Por supuesto, la Merxe y las demás chicas también se fueron.