miércoles

EL LABERINTO DE LA MEMORIA. (Antología) XIII


En estas condiciones, ¿cómo decirte que no estoy receptivo para el odio y que mi verbo se aclimató entre tus carnes, como un hurón agazapado en el límite de tu entrepierna, esperando el reclamo de tu voz, que me atoró tu manantial hasta que, flácido declinó, sol cansado, delirio de vida? Solo el polen lunar que se esparce por tus muslos y alienta mis deseos, como el tatuaje que me marca, transgredido y olvidado, nos dio luz en el tránsito y menguó la traición, aunque fuimos ángeles inmolados por el concilio insomne para quienes, dormidos sobre sus conciencias, descienden de los ancestrales cántaros rellenos de placidez, frescura y pronósticos sin que, por cobardía y linaje, desprecian la mano impúdica que licenciosa recorre el vértice y, avaros como son, mientras llega el amor disfrutan de cuerpos bellos, hijos de la lucha ajena y del sudor propio. Oh, sí, marginales jactancias que duelen. Ángel negro nacido del verbo del Gólgota, me hiciste llamar a la mesa cubierta con un mantel de flores, y me mostraste, como si bendecido fuera, el vino fresco escanciándolo sobre mis pechos, propiciando la expulsión del sofista de tu promiscua mansión. Lo que nunca hiciste, por cierto.

martes

EL LABERINTO DE LA MEMORIA (Antología) VII

Qué más da si es infinito el universo o termina donde empieza la esperanza. Seguimos buscando el espacio aún no hallado, necesitados de sus bondades, si las hubiera, no porque en sí signifiquen nada, porque nos vienen recubiertas de inéditos gestos, huérfanos y algún que otro ajeno e infiltrado orgasmo. Sabíamos que nuestra relación amorosa siempre estuvo asediada por el olvido, incluso por la renuncia (era nuestra particular forma de obviar a dios). No era malvivir, era el signo de nuestro tiempo. Siempre a caballo del tiempo y con la benevolencia del espacio, fenómenos que, como dios y la muerte, construíamos día a día ¿Perseverar es vivir entonces? ¿Hablar ahora de la naturaleza de nuestro amor? Como si no supiéramos que somos un eslabón, que el génesis no fue la fruta sino tus pechos que amamantan aun hoy, que aunque no exista la felicidad, construimos nuestro pensamiento desde ella. ¿Para qué la ontología si nosotros somos quien somos y basta de historia y de cuentos? ¿O tal vez es practicable una legitimación que se expone a desaparecer mientras una discronía general nace?. Como muchos amores que perviven todavía hoy y que lo son porque no subvirtieron y apenas fueron mucho en su día, así se prolongan en el tiempo, aletargados, sumisos y adocenados tantos recuerdos perdidos, que no olvidados. Y de nuevo, como casi siempre, de la mano del primer verso, llegó la penúltima primavera, como cuando el goce trituró la culpa y acechaba la nada.