sábado

DE REPENTE, LA VIDA.

Siempre supimos que sería difícil conocer un poco más
de nuestro mundo sin saber de sus raíces y pertenencias.
Lo creímos tan nuestro que apenas lo vivíamos, diferentes
como somos, incluso cuando no hay tiempo para saber
por qué nos perdemos en las diferencias y sus contrarias.
La sospecha de aquel mundo posible, siempre a mano,
ha trastornado nuestra quietud y aún sugiere que generemos
la suerte que diese noticia, no de lo que éramos, que jamás
nunca lo hemos sabido, menos aún de buscar la frontera
entre las excepciones y las reguladas normas. ¿Había lugar?
A duras penas, de lo que queremos ser. Humilde dialéctica.
O pacientes roces con los que construimos nuestra inercia.

LAS DELICIAS SOBREVENIDAS.

Nadie nos dio permiso para vivir a oscuras
y deslizarnos suaves sobre los recuerdos,
motivados y estimulados a emprender el esfuerzo.
¿Quién pudo perdonar a nadie sin sumergirse?
Por eso abrimos la puerta a la hipocresía,
a la apariencia, reforzamos y estilizamos
la mentira, abrazándonos a la corrupción
y al vicio (para qué negarlo, nos pudo el morbo)
y así encontrarnos con tantas razones nobles
para seguir viviendo y ninguna para morir.