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A. MARTINEZ FERRER, EL HAIKU Y LA SEGUIDILLA

Antonio Martínez es un poeta de poemas breves, y tiene en su haber decenas de poemarios. Obviamente nada desmerece un poema breve respecto de uno largo, ni viceversa. Se trata, no de que tenga poco que decir, sino que, en este caso, todo lo contrario. Y claro, muchas cosas podemos administrar, menos el tiempo. Sin duda la más valiosa de nuestras pertenencias, cuantificada a nuestro pesar y sin ninguna posibilidad de alargar o guardar. Quizá por eso, Martinez intenta ganarle la batalla al tiempo condensando los mensajes, sus ideas, en poemas cortos, buscando el impacto con imágenes fuertes, instantáneas, deslumbrantes y fugaces como chispas y un poco despiadadamente quizá, invita al lector a realizar un esfuerzo extra para entrar al complejo y rico mundo en el que vive y desde el que escribe. Alguna nota de ironía es el único respiro que nos concede. Pero compensa con creces hacer el esfuerzo intelectual y emocional para entrar en su mundo. Es como cuando se escala, con esfuerzo, la cima de una montaña y contemplamos los múltiples paisajes que se divisan hasta el horizonte.
Leyendo algunos de sus poemas, me vienen a la memoria, poemas breves de Borges, Benedetti, Octavio Paz y tantos otros, y aterricé releyendo algunas antologías de Haikus hasta llegar al maestro de esta modalidad poemática, Matsuo Basho y de rondón terminé releyendo algunas seguidillas populares y cultas de los maestros castellanos del renacimiento y del barroco, aterrizando en cancioneros de los mejores cantaores del XX.
Supongo que será pura coincidencia temporal que ambas formas poéticas nacieran casi al unísono, el haiku en el Japón del XVI/XVII y la seguidilla en la España del XVI. En cualquier caso, sin ser exactamente ninguna de las dos, los poemas de Martínez tienen alguna conexión. La brevedad solo sería una similitud formal, ya que en muchos casos van más allá de los 3 versos del haiku o los 4 de la seguidilla y supongo que es casual la coincidencia silábica o fonemática. De hecho Martínez, en muchos casos, suma en un mismo poema, diversas estrofas que aunque tienen vida propia cada una por separado, tienen un tema denominador del conjunto que le da coherencia, quizá por huir del estrecho corsé de las formas comentadas.
El clima que consigue con sus poemas con casi esqueletos de imágenes buscando el impacto, verbos de acción rápida, la casi nula utilización del adjetivo o epíteto que dejan la idea madre desnuda, sin apenas ornamentación, sitúan el poema en una atmósfera densa y semiaforística. Particularmente cuando escribe sobre temas sociales y muestra la rabia contenida frente a injusticias y situaciones hirientes, huyendo así de la soflama en la que tantos poetas suelen caer. Únicamente cuando se adentra en tocar las fibras más íntimas, donde se confunde el sujeto y el objeto, aunque mantiene el estilo de brevedad, se le escapa la emoción personal y deja entrever a la persona tal cual, dándonos opción así a conocer los aspectos diferenciadores de su personalidad, aquellos por los que un día, sabrán diferenciar sus versos frente a la multitud de poetas que pasan y decaen al unísono que el hecho denunciado. Sin más valor que el de la opinión personal, el poeta íntimo es el poeta que más me gusta .
En cualquier caso, Martínez es un poeta que merece atención porque es una delicia entrar en su mundo, aunque en algunos casos hay que acceder a través de senderos. No hay autopistas para entrar.
He aquí algunos ejemplos de lo dicho.


-I-

Hoy,
ha huido el árbol de la rodilla,
¡se ha escapado
en silencio!

Me grita con la mirada
y cojeando vértigo
voy a su encuentro, derrotado.

-II-
Es seguro
que no necesitaré
al amigo,
que me ha negado, cuanto menos,
cien veces.

-III-
¿Qué aspecto tendré
pasando cojo,
entre golpes,
al último encuentro?

-IV-

Sabio, el grito de la impaciencia
navegando en el pantano
donde duermen
las dunas.

-V-
Raíces con luces de abismo,
no me sirven
para contar los muertos.

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